Costumbres de las Indígenas Embera
Las indígenas de esta etnia acostumbran a casarse a muy temprana edad, mas o menos desde los 12 hasta los 15 años. Desde que los niños nacen tienen ya destinadas ya sus parejas, la persona que nace su mismo día o en la misma semana lleva una manilla puesta señalando que esta comprometido. en otras ocasiones cuando no es así, el joven que desee casarse con una persona en especial que no este comprometida pedirá la mano a sus padres, si los padres autorizan el matrimonio y tan solo si la mujer desea casarse se realizará el casamiento.
otra costumbre que es solo de los Embera es la de realizar una mutilación de clítoris a las niñas recién nacidas para que cuando crezcan y tengan relaciones sexuales no sientan placer.
los hombres y las mujeres usan desde la niñez collares de pequeñas semillas negras u aretes de alambre o hechos de monedas pequeñas.
los indígenas Embera se pintan el cuerpo para ocasiones especiales como ceremonias religiosas; los hombres se pitan todo el cuerpo menos la extremidades y la parte superior de la cara. mientras que las mujeres la única zona de su cuerpo que no se pintan es la cara.
la comunidad Embera esta compuesta por familias extensas, es decir, que forman parte de ella la mamá, el papá, hijos e hijas, el tío, la tía, las abuelas, los abuelos, los nietos, cuñados, cuñadas...tienen prohibido unirse en matrimonio con algún miembro de una familia extensa o con las personas que no son indígenas.
la persona mas anciana de la familia es el jefe. el se encarga de escoger el lugar donde van a construir la viviendas, asignar las parcelas de tierra a cada familia y resolver algunos conflictos
los residentes de Embera proceden de diversas aldeas, su fundador principal llegó desde manene, para contribuir con el desarrollo de la región, impulsando el desarrollo turístico local.
Embera es una comunidad turística integrada por personas que llegaron desde Darién y otras comunidades que se dedicaron exclusivamente al turismos
la comunidad ha adoptado un reglamento en el cual establecen la finalidad y condiciones de residencia y salida de la comunidad, las labores de voluntariado; así como la organización y funciones de los organismos de base turística y tradicional, para la orientación y cumplimiento estricto por parte de todos los residentes.
cuentan también con un reglamento de turismo que determina las actividades y condiciones de los servicios a prestar para todos los residentes.
en síntesis, la comunidad ha determinado su dedicación exclusiva en el servicio al turismos, para fines sociales y comunitarios para el bienestar social, la Sana convivencia y la congregación de las costumbres y las tradiciones propias de la cultura que representan.
Los Embera, algo más que turismo a orillas del río Chagres en Panamá

Acosados por narcos y guerrillas, varias familias de embera se vieron obligadas a abandonar sus territorios ancestrales de caza, en el Darién, la selva que corta la vía Panamericana, para buscar más pacífico acomodo en las orillas del Chagres, a sólo una hora de la capital de Panamá.
En el río que abastece el canal de Panamá se han constituido cinco comunidades indígenas, que han conseguido armonizar la constante llegada de turistas con la pervivencia de costumbres ancestrales, como bailes que impresionan por su sencillez, artesanía utilizando fibras vegetales y tintes naturales para fabricar coloridas vasijas, y una medicina basada en las plantas que sorprende por su eficacia.
El botánico de la aldea Emberá Drua, el señor Elías, como es conocido por todos, muestra orgulloso un pequeño huerto en el que cultiva plantas medicinales que, detalla, le permiten tratar con éxito desde algunos tipos de cáncer hasta las inevitables infecciones en un clima tropical.
De hecho, acoge de forma regular a pacientes procedentes de todo el mundo en su cabaña, un palafito abierto, el más espacioso de las poco más de una docena que integran una aldea en la que la sonrisa es permanente.
La sonrisa, y los niños, omnipresentes, numerosos, vivaces y alegres siempre, que corretean entre visitantes, se bañan en el río, o se preparan guirnaldas de flores para lucir en sus bailes tradicionales.
El Chagres es su vía de comunicación. Sólo se puede llegar a la aldea en canoa, navegando o empujándola, en periodos de sequía, pero es también fuente de vida en su abundante pesca, en competencia con caimanes, garzas y martines pescadores de vivos colores.
La visita turística es muy simple: se llega a la aldea tras una hora de trayecto en coche desde ciudad de Panamá, y algo menos en canoa, con una parada obligada en la cascada que forma uno de los afluentes del Chagres, en un rincón mágico en el que el mayor riesgo es el de pisar las diminutas y en este caso inofensivas ranas que saltan en el barro.
Los Emberá, que mantienen el carácter hospitalario de los pueblos indígenas que saben que de la cooperación depende la subsistencia, reciben al visitante con toques de flauta y tambores -la percusión es en esta etnia cosa de hombres- y mujeres de todas las edades ataviadas con sus vestidos tradicionales, aunque en algunos casos ya confeccionados lamentablemente con telas "made in China".
Una sala comunal, techada con paja y construida con vigas de maderas nobles acoge una breve explicación de los motivos de su presencia en el Chagres, sus costumbres y modos de vida, previa al almuerzo, pescado de río servido en hojas y fruta tropical -piña y papaya- aportada por los propios visitantes.
Hay también un espectáculo de bailes tradicionales, en los que las mujeres danzan en círculos al son de los instrumentos manejados por los hombres, que suele culminar con la invitación a bailar a alguna turista por parte de los más atrevidos entre los varones.
Y un recorrido obligado por la exhibición de artesanías -collares y pulseras de semillas, cuencos, vasijas en las que el entrelazado de las plantas no permite pasar el agua o cucharas de cocina fabricadas con maderas de impresionante color y dureza, pero con nombres impronunciables para un viajero occidental.
Y, quizás, para terminar antes de embarcar de regreso, una visita a uno de los huertos de plantas medicinales del señor Elías, el botánico y la figura más respetada de la aldea, que estruja las hojas de sus hierbas medicinales para hacer sentir su olor vivificante a los forasteros.
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